21/9/14

El encuentro

Pero recuerdo el día y la hora en que deliberadamente te entregué mi corazón. Había ido a dar un paseo con una compañera de colegio y estábamos charlando en la puerta. Llegó un coche. Te apeaste con esa manera impaciente y espontánea que nunca he cesado de admirar, y te disponías a entrar. No sé qué impulso me obligó a abrirte la puerta, y ponerme en tu camino, hecho este que por poco nos hace tropezar. Me miraste de un modo cordial, dulce y envolvente, que era casi una caricia. Me sonreíste tiernamente —sí, esa es la palabra, tiernamente— y dijiste afable, casi en tono confidencial:
   —Muchas gracias, señorita.
   Eso fue todo, amor mío. Pero desde ese momento, desde el momento en que me miraste con tanta ternura, te pertenecí. Más tarde, mucho más tarde, comprendí que ese era tu modo de mirar a todas las mujeres que se cruzaban en tu camino. Era una mirada acariciadora y resuelta: la mirada del seductor nato. Involuntariamente, mirabas de esa forma a todas las mujeres: la dependienta que te atendía, la camarera que te abría una puerta. No es que, conscientemente, desearas a todas aquellas mujeres; pero tu impulso hacia el otro sexo hacía que, sin proponértelo, tu mirada fuera ardiente y acariciadora siempre que se posaba sobre una mujer.

Stefan Zwei-Carta de una desconocida
Imagen:Briton Rivire

3 comentarios:

Carmen Forján dijo...

Zweig, sus palabras, y esta preciosa imagen... la combinación perfecta.
Besines, Ababol!

Carmen Forján dijo...

Mejor...
Besines, Odel!

Odel dijo...

Es que Zweig Carmen no se puede dejar de leer, no tiene desperdicios
gracias por tu visita